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Si
llegar a los cien años de vida ya es
algo extraordinario, lo es sin duda
mucho más, cuando se llega en pleno
dominio de las facultades. Un bastón en
la mano para recorrer las dependencias
de la casa y conocer de las hermanas,
cuales son las necesidades más
apremiantes; para saludar a las jóvenes
y, aprovechando, entre chiste y chiste,
decirles algo que pueda acercarlas a sí
mismas y a Dios.
La
lectura diaria del periódico para saber
qué es lo que pasa en el mundo y llenar
de contenido los tiempos de la oración.
El bolígrafo siempre en mano para
escribir cartas, versos o chistes... lo
que más pueda ayudar al destinatario.
El rosario continuamente desgranado
entre los dedos para recordar a la
Virgen lo que Ella ya sabe: que los
hombres y mujeres jóvenes y menos
jóvenes necesitan de su protección y
consuelo de Madre.
Fotos
de políticos, futbolistas y toreros...
en una habitación perfectamente limpia
y ordenada. Una habitación con la
puerta siempre abierta para acoger al
que llega y encuentra allí a hermana
Tarsicia, a quién sus cien años no han
obligado todavía a la quietud. Dios ha
sido bueno con ella.
Dios
fue bueno con la Congregación cuando
nos la regaló hace ya 84 años. Dios es
bueno hoy cuando nos hace disfrutar de
su rostro sonriente, de su sencillez, de
su cariño y de su serenidad. Dios es
bueno cuando suscita en ella y en todas
las personas que la conocemos un
profundo sentimiento de acción de
gracias por lo que hermana Tarsicia es y
representa.
Mª.
Digna Díaz, rmi
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