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SE MARCHO...

Hace frío... estamos en el 26 de diciembre del año 1890. Nadie se atreve a pronunciarlo, pero la Madre se va por momentos. Ha llegado su existencia al límite y ella lo sabe... Su vida ha sido cogida por el amor y ahora, cuando sabe que la muerte va a cogerla también, está feliz, espera ilusionada que se rompa el velo para poder adentrarse en la eternidad. Los ojos de todas sus hijas están pendientes de aquél cuarto de la calle Fuencarral en que la Madre se está acabando. Todas querrían estar a su lado...

Nadie expresa nada pero Vicenta María lee en sus ojos y en sus rostros la expresión de tristeza, la tensión por mantener la serenidad justo cuando el adiós va a quedar flotando en el aire y teme ¿por qué? por sus chicas. Piensa que los días de navidad van a verse empañados por la pena y eso no puede ser. Se sobrepone a la fatiga y les dice: "Quiero recomendarles que por mi muerte no se suprima ninguna fiestecilla de las chicas, y esto aunque estuviera de cuerpo presente".

¡El tiempo! ¡ quién pudiera detener el tiempo! sigue acompasado el tic tac del reloj. Va adentrándose la mañana. en el gesto de la madre se entrevé ya la paz que está llegando... Es la hora en que el Instituto confirma su fe. A la 1,45 inclina suavemente la cabeza y se entrega al sueño eterno. Tenía solo 43 años.

SE MARCHÓ... se adentró en los mares de la eternidad y desde allí bendice y acompaña a su Obra y a sus chicas. (Cfr. C. Notario rmi "Huellas de Amor")

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