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Hablar de mi vocación es, ante todo,
elevar a Dios una acción de gracias por este don y
por mi familia, la ‘tierra buena” que El eligió para
sembrar la semilla de su llamamiento.
Revolviendo en “los archivos de mi
memoria” encuentro la primera vez en que oí hablar de
vocación, de llamada de Dios: fue cuando tenía 9 años,
en clase de Religión – así llamábamos. Estaba yo
estudiando en el Colegio de los Maristas.
Mi familia ha sido siempre de práctica,
vivencia católica, no importando vivir en una ciudad
inmensa como San Pablo. Las primeras oraciones, las
aprendí de mi madre. Sin embargo, la ciudad grande hacia
parte del proyecto de vida de mis padres hasta que fuera
posible volver al pueblo de Itu, donde hoy vive mi
familia. A los 13 años, lo que había yo oído toda la
vida se concretaba, y nos trasladábamos hacia el pueblo
de origen de mis padres. La vida en un pueblo es mucho
más sencilla, cercana y piadosa que en la metrópolis.
Frecuentábamos las eucaristías dominicales, el hermano
que viene después de mí empezó a ser monaguillo en la
iglesia adonde íbamos y yo me preguntaba por qué solo él
lo podía ser... quería también hallar mi espacio de
servicio.
A los 14 años la profesora de
Portugués nos invitó a una visita al sepulcro de Madre
María Theodora Voivon, que se encuentra en proceso de
beatificación y está sepultada en el Convento de las
Hnas. de San José, en Itu. El convento está muy cerca
del colegio y fuimos los alumnos, acompañados de la
profesora para la visita. No me recuerdo la fecha, pero
el hecho sí. Yo ya conocía el lugar, iba allí todos los
fines de semana con mi familia para la eucaristía. Pero
fue distinto. Fue especial. ¡Inolvidable! Desde que
entramos hasta que salimos, lloré como creo que jamás
volví a llorar en mi vida. Era suave, yo no lo deseaba
ni tampoco lo podía contener. Llegado el momento en que
una de las hermanas nos condujo a la Capilla para darnos
algunas explicaciones, yo no oí absolutamente nada de lo
que la pobre hermana nos dijo. Yo sentí – en la ocasión
sólo sentí, pues la comprensión vino después – que mi
vida era aquella, que un día también yo sería religiosa.
Me emociona recordar todo esto, sobretodo por la
suavidad con que el Señor abría camino para que yo
conociera su Voluntad.
En mis oraciones personales, comuniones,
oraciones escritas, volvía yo interiormente al ocurrido.
Pasados cuatro años, tuve que salir de Itu y volver a
San Pablo para estudiar en la Universidad y, a
principio, fui vivir en casa de mis tíos. Eso duró como
que cinco a seis meses en razonable armonía. Pasado este
tiempo, sentía que tendría de buscar otro lugar por una
serie de circunstancias que no merecen ser aquí
consideradas; lo que hace falta decir es que cuando miro
hacia tras, veo que todo ha sido providencia de Dios
para conducirme hasta donde estoy.
San Pablo es una ciudad inmensa, agitada,
pobladísima. Y yo buscaba un lugar que me fuera
ante todo seguro, agradable. Encontré una tal
residencia para chicas, pasé por la entrevista con
Hna. María das Dores y me quedé encantada con todo. ¡Era
el lugar que yo buscaba! Hice yo misma la experiencia de
ser acogida. Y lo que más me gustaba de todo es que era
un lugar de “hermanas” y sentí que allí, en aquella
residencia, encontraría yo las respuestas que buscaba.
Pero... mi madre no me dejó morar allí pues estaba muy
lejos de la universidad y me aconsejó a seguir buscando
un sitio donde quedarme para proseguir en los estudios.
Pasada una semana, un colega de la universidad me dio
una dirección, diciendo que se trataba de una residencia
de chicas y que una amiga suya había estado allí, le
gustando mucho. También otra colega, buscando trabajo,
oyó en la cola que una de las chicas que también buscaba
trabajo hablaba del lugar donde moraba. ¡Cuál fue mi
sorpresa al darme cuenta que se trataba de la misma
residencia!
Marcamos una entrevista con Hna. Aranzazu
y, al llegar a la portería, miré el cuadro de la Santa
con las jóvenes... me conmoví interiormente, en la
certeza de ya haber conocido algo semejante. Nada más
entrar, me explicó la chica de la portería que había dos
casas de las Religiosas de María Inmaculada en San
Pablo: la del Ipiranga – donde había estado yo – y la de
Alameda, donde yo me encontraba. ¿habrá coincidencia en
el plan de Dios? La respuesta, la dejo por cuenta
vuestra.
Entrar en la residencia fue como entrar
en el paraíso. ¡Me encontré muy a gusto, muy feliz! Y no
hizo falta mucho tiempo para que el carisma de Santa
Vicenta María me tocara hasta el más hondo de mí misma,
hasta mis más profundos deseos, hasta poner color y
nombres y camino concreto a la vocación para la cual me
llamaba el Señor.
Se pasaron como que seis meses y, después
de participar en una convivencia vocacional promovida
por las hermanas, ya no tenía más dudas: el Señor me
llamaba a ¡SER RELIGIOSA DE MARÍA INMACULADA!
Todo esto llega ya a sus diez años. Y
puedo decir con mucha seguridad que ¡soy feliz! Por las
noches, al hacer el examen del día, la tónica es de
acción de gracias a Dios por todo y tanto bien, por los
dones y oportunidades que me ofrece por medio de la
intimidad con El, de la riqueza que es la vida
comunitaria y el apostolado. Así que le doy las gracias
por las dos certezas que vienen tejiendo mi vida: ¡la de
que Él me ama... y me hace capaz de amar!
Fabiana Maria Dias
Aranha rmi
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