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FABIANA MARIA DIAS ARANHA

 

Hablar de mi vocación es, ante todo, elevar a Dios una acción de gracias por este don y por mi familia, la ‘tierra buena” que El eligió para sembrar la semilla de su llamamiento.

Revolviendo en “los archivos de mi memoria” encuentro la primera vez en que oí hablar de vocación, de llamada de Dios: fue cuando tenía 9 años, en clase de Religión – así llamábamos. Estaba yo estudiando en el Colegio de los Maristas.

 

Mi familia ha sido siempre de práctica, vivencia católica, no importando vivir en una ciudad inmensa como San Pablo. Las primeras oraciones, las aprendí de mi madre. Sin embargo, la ciudad grande hacia parte del proyecto de vida de mis padres hasta que fuera posible volver al pueblo de Itu, donde hoy vive mi familia. A los 13 años, lo que había yo oído toda la vida se concretaba, y nos trasladábamos hacia el pueblo de origen de mis padres. La vida en un pueblo es mucho más sencilla, cercana y piadosa que en la metrópolis. Frecuentábamos las eucaristías dominicales, el hermano que viene después de mí empezó a ser monaguillo en la iglesia adonde íbamos y yo me preguntaba por qué solo él lo podía ser... quería también hallar mi espacio de servicio.

 

 A los 14 años la profesora de Portugués nos invitó a una visita al sepulcro de Madre María Theodora Voivon, que se encuentra en proceso de beatificación y está sepultada en el Convento de las Hnas. de San José, en Itu. El convento está muy cerca del colegio y fuimos los alumnos, acompañados de la profesora para la visita. No me recuerdo la fecha, pero el hecho sí. Yo ya conocía el lugar, iba allí todos los fines de semana con mi familia para la eucaristía. Pero fue distinto. Fue especial. ¡Inolvidable! Desde que entramos hasta que salimos, lloré como creo que jamás volví a llorar en mi vida. Era suave, yo no lo deseaba ni tampoco lo podía contener. Llegado el momento en que una de las hermanas nos condujo a la Capilla para darnos algunas explicaciones, yo no oí absolutamente nada de lo que la pobre hermana nos dijo. Yo sentí – en la ocasión sólo sentí, pues la comprensión vino después – que mi vida era aquella, que un día también yo sería religiosa. Me emociona recordar todo esto, sobretodo por la suavidad con que el Señor abría camino para que yo conociera su Voluntad.

 

En mis oraciones personales, comuniones, oraciones escritas, volvía yo interiormente al ocurrido. Pasados cuatro años, tuve que salir de Itu y volver a San Pablo para estudiar en la Universidad y, a principio, fui vivir en casa de mis tíos. Eso duró como que cinco a seis meses en razonable armonía. Pasado este tiempo, sentía que tendría de buscar otro lugar por una serie de circunstancias que no merecen ser aquí consideradas; lo que hace falta decir es que cuando miro hacia tras, veo que todo ha sido providencia de Dios para conducirme hasta donde estoy.

 

San Pablo es una ciudad inmensa, agitada, pobladísima.  Y yo buscaba un lugar que me fuera ante todo seguro, agradable. Encontré una tal residencia para chicas, pasé por la entrevista con Hna. María das Dores y me quedé encantada con todo. ¡Era el lugar que yo buscaba! Hice yo misma la experiencia de ser acogida. Y lo que más me gustaba de todo es que era un lugar de “hermanas” y sentí que allí, en aquella residencia, encontraría yo las respuestas que buscaba. Pero... mi madre no me dejó morar allí pues estaba muy lejos de la universidad y me aconsejó a seguir buscando un sitio donde quedarme para proseguir en los estudios. Pasada una semana, un colega de la universidad me dio una dirección, diciendo que se trataba de una residencia de chicas y que una amiga suya había estado allí, le gustando mucho. También otra colega, buscando trabajo, oyó en la cola que una de las chicas que también buscaba trabajo hablaba del lugar donde moraba. ¡Cuál fue mi sorpresa al darme cuenta que se trataba de la misma residencia!

 

Marcamos una entrevista con Hna. Aranzazu y, al llegar a la portería, miré el cuadro de la Santa con las jóvenes... me conmoví interiormente, en la certeza de ya haber conocido algo semejante. Nada más entrar, me explicó la chica de la portería que había dos casas de las Religiosas de María Inmaculada en San Pablo: la del Ipiranga – donde había estado yo – y la de Alameda, donde yo me encontraba. ¿habrá coincidencia en el plan de Dios? La respuesta, la dejo por cuenta vuestra.

 

Entrar en la residencia fue como entrar en el paraíso. ¡Me encontré muy a gusto, muy feliz! Y no hizo falta mucho tiempo para que el carisma de Santa Vicenta María me tocara hasta el más hondo de mí misma, hasta mis más profundos deseos, hasta poner color y nombres y camino concreto a la vocación para la cual me llamaba el Señor.

Se pasaron como que seis meses y, después de participar en una convivencia vocacional promovida por las hermanas, ya no tenía más dudas: el Señor me llamaba a ¡SER RELIGIOSA DE MARÍA INMACULADA!

 

Todo esto llega ya a sus diez años. Y puedo decir con mucha seguridad que ¡soy feliz! Por las noches, al hacer el examen del día, la tónica es de acción de gracias a Dios por todo y tanto bien, por los dones y oportunidades que me ofrece por medio de la intimidad con El, de la riqueza que es la vida comunitaria y el apostolado. Así que le doy las gracias por las dos certezas que vienen tejiendo mi vida: ¡la de que Él me ama... y me hace capaz de amar!

 

Fabiana Maria Dias Aranha rmi

              

 

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