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CARTA AÑO 1997

Noviembre, 1997
                                                                                    Fiesta de la Inmaculada
Queridas todas:
Hace poco que os escribí y llevo días preguntándome... ¿hacerlo otra vez? ¿acumular palabras? Sin embargo, al acercarse la fiesta de Nuestra Señora, se despierta en mí el deseo o la necesidad de comunicarme una vez más con todas. Es como si María me urgiera por dentro a salir de mí y acudir a las palabras para compartir experiencias y deseos que Ella misma suscita en mi corazón. Me pregunto ¿por qué este miedo a las palabras? Acaso porque el mundo de las palabras domina y ahoga las realidades de dentro, nos hace huir de la interioridad, nos aparta de la “sana soledad” donde se fraguan las experiencias más hondas... Tantas palabras pronunciadas, escritas cantadas... ¿y luego?... Cuántas, derrochadas en el mundo de la cultura, de la religión, del trabajo... y detrás ¿qué?.
 
Con todo, ante estas preguntas que pueden sonar a desconfianza, María está allí para  animarme y lo primero que hace es declararse dispuesta a sanar mi mundo de palabras tantas veces expresión de mediocridad... otras, revelación de una incapacidad para vivir el silencio de la humillación, del dolor, del fracaso... Ella, me sana hablándome de su silencio y me invita a dar sentido a las palabras, a hacer del silencio la tierra donde germinen los sanos frutos de la Palabra. Me invita a caer en la cuenta de la desazón o desolación que producen las palabras que no han recorrido el camino del silencio antes de pronunciarse, de la necesidad que las palabras humanas tienen de hacer el camino que la PALABRA recorrió al hacerse CARNE.
 
María se me muestra como un “hogar” en silencio donde la Palabra llega al salir del seno del Padre. “cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en mitad de su carrera, tu palabra omnipotente... salió del cielo” (Sab. 18, 14-15). La que acoge la Palabra es una mujer en silencio... así la vemos siempre.
En el silencio de su entrega virginal, madura bajo la inspiración del Espíritu... de la acogida del anuncio del ángel... de la soledad en la que quedó sumergida cuando el ángel la dejó para dejar paso a la mediación de lo cotidiano vivido en la oscuridad de la fe... de las sorpresas gozosas y dolorosas que el Hijo le ofrecía.
 
En En el silencio de los treinta años de Nazaret, en los que su maternidad maduraba, crecía al compás del desarrollo de la personalidad del Hijo...,de la fe, de la alternancia de luces y sombras que las acciones del Hijo le producían... del asombro frente a la revelación mesiánica de Jesús Hijo-Siervo.
En En el silencio de la humillación del Hijo compartida por Ella y vivida en la entrega total al querer de Dios.
En el silencio doloroso de la muerte del Hijo aceptada con humildad, la humildad de quién quiere y no puede sustituir al Hijo que se sacrifica por Ella.
En el silencio del gozo inmenso de la Resurrección que Ella vive como el Sí a Dios a la entrega de Jesús y a su misma entrega.
Así se me muestra María, como mujer del silencio, cuyas palabras, por otro lado, aparecen  como reflejo de su escucha y acogida de la PALABRA. María aprende de Dios a hacer brotar sus palabras del silencio:
 
“¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?” (Lc.1,34b) ¿Cómo puede ser que suceda algo que parece ir en contra de lo que Dios me pide que es SER TODA PARA ÉL?...  Es la palabra que afirma la pertenencia a Dios.
“He aquí la esclava del Señor” (Lc. 1,38) Es la palabra de la aceptación del querer de Dios.
“Engrandece mi alma al Señor” (Lc. 1,46) Es la `palabra de la gratuidad, de la dependencia de Dios y también de la proclamación del Evangelio de Jesús que Ella ya encarna.
 
“Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?” (Lc. 2,48) Es la palabra de la libertad, la verdad y la humildad,. Fruto de su preocupación de madre que vela sobre el Hijo que le es confiado.
“Haced lo que El os diga” (Jn. 2,5) Es la palabra donde proclama que las situaciones de la vida adquieren su verdadero sentido cuando uno se entrega a la Voluntad de dios; por esta entrega el agua de una cotidianeidad simple e insignificante se transforma en vino nupcial.
 
En la Encarnación, la palabra que estaba en el Padre desde el principio, “sale” del seno de dios, comunión, diálogo... para entrar en el diálogo con los hombres, con el mundo, y lo hace recorriendo el sendero del silencio, entrando en el silencio de una existencia de siervo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp. 2, 6-8). María, en el silencio, acoge al Verbo que ha recorrido su trayectoria desde el seno del padre, lo contempla en sus brazos en la noche de Belén, lo ve crecer en el silencio de Nazaret... Lo contempla cuando parece dominar, desde su silencio interior, el tumulto que provocaba su presencia, cuando con su mirada o con pocas palabras, con su simple “estar” en medio de la gente, logra apaciguar los ruidos, manifestándose como Aquél que “no vociferará, ni alzará el tono y no hará oír su voz en la calle”(Is. 42, 2); cuando manda callar el mar, cuando con su silencio acalla  las voces de las multitudes, cuando se retira a solas con el padre... y, sobre todo, en el vivir día a día, en el silencio, su KÉNOSIS, su abandono total al padre con la confianza del niño que acalla todo su deseo y se deja llevar en sus brazos a al entrega suprema; cuando no con muchas palabras, sino con sus gestos y una presencia transformante y consoladora, anuncia su triunfo.
 
Así, María, que fue conducida por Dios al aprendizaje del silencio para acoger la Palabra, perfecciona la vivencia del silencio al lado de Jesús. A su lado vive el misterio de la una vida hecha silencio y soledad, de palabra y comunicación.
 
María, tú que llenó tu vida del silencio que se nutre de la Palabra, ayúdanos,
 
A crear espacios de silencio
 
A decir palabras que nazcan de un silencio aprendido en contacto con Dios.
 
A servir en el silencio, ofreciendo obras de amor que han madurado en el silencio de la kénosis.
 
A enseñar a nuestras jóvenes a encontrase con Dios en el silencio.
 
A  aconsejar a quién se nos acerca, desde la capacidad de entrar juntos en el silencio de Dios, para esperar allí la palabra que cura.
 
A organizar nuestras tareas centrando la atención en la presencia activa de Dios en nuestra vida, en la de nuestras jóvenes, de nuestro mundo, que se descubre en el silencio.
 
Ayúdanos, María, a creer que el silencio es una cualidad del corazón que hace crecer la caridad.
 
Desde estas tierras de Oriente, dónde se hace más fácil el silencio sentido y vivido como contemplación, paz, serenidad, abandono en Dios..., mi oración y deseo de que el Señor nos convierta en mujeres que ofrezcan el silencio “divino” de su corazón, como hogar donde cualquier persona pueda encontrar lo que necesita y el señor desea que encuentre.
Un abrazo para todas, con mi cariño de hermana y recuerdo especial en la oración a las mayores, las que sufren y las que más lo necesitan.
 
Ma. Eugenia Vicenti, rmi

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