- Hace
poco que os escribí y llevo días preguntándome...
¿hacerlo otra vez? ¿acumular palabras? Sin
embargo, al acercarse la fiesta de Nuestra Señora,
se despierta en mí el deseo o la necesidad de
comunicarme una vez más con todas. Es como si María
me urgiera por dentro a salir de mí y acudir a
las palabras para compartir experiencias y deseos
que Ella misma suscita en mi corazón. Me pregunto
¿por qué este miedo a las palabras? Acaso porque
el mundo de las palabras domina y ahoga las
realidades de dentro, nos hace huir de la
interioridad, nos aparta de la “sana soledad”
donde se fraguan las experiencias más hondas...
Tantas palabras pronunciadas, escritas cantadas...
¿y luego?... Cuántas, derrochadas en el mundo de
la cultura, de la religión, del trabajo... y detrás
¿qué?.
-
- Con
todo, ante estas preguntas que pueden sonar a
desconfianza, María está allí para
animarme y lo primero que hace es
declararse dispuesta a sanar mi mundo de palabras
tantas veces expresión de mediocridad... otras,
revelación de una incapacidad para vivir el
silencio de la humillación, del dolor, del
fracaso... Ella, me sana hablándome de su
silencio y me invita a dar sentido a las palabras,
a hacer del silencio la tierra donde germinen los
sanos frutos de la Palabra. Me invita a caer en la
cuenta de la desazón o desolación que producen
las palabras que no han recorrido el camino del
silencio antes de pronunciarse, de la necesidad
que las palabras humanas tienen de hacer el camino
que la PALABRA recorrió al hacerse CARNE.
-
- María
se me muestra como un “hogar” en silencio
donde la Palabra llega al salir del seno del
Padre. “cuando un sosegado silencio todo lo
envolvía y la noche se encontraba en mitad de su
carrera, tu palabra omnipotente... salió del
cielo” (Sab. 18, 14-15). La que acoge la Palabra
es una mujer en silencio... así la vemos siempre.
- En
el silencio de su entrega virginal, madura bajo la
inspiración del Espíritu... de la acogida del
anuncio del ángel... de la soledad en la que quedó
sumergida cuando el ángel la dejó para dejar
paso a la mediación de lo cotidiano vivido en la
oscuridad de la fe... de las sorpresas gozosas y
dolorosas que el Hijo le ofrecía.
-
- En
En el silencio de los treinta años de Nazaret, en
los que su maternidad maduraba, crecía al compás
del desarrollo de la personalidad del Hijo...,de
la fe, de la alternancia de luces y sombras que
las acciones del Hijo le producían... del asombro
frente a la revelación mesiánica de Jesús
Hijo-Siervo.
-
- En
En el silencio de la humillación del Hijo
compartida por Ella y vivida en la entrega total
al querer de Dios.
-
- En
el silencio doloroso de la muerte del Hijo
aceptada con humildad, la humildad de quién
quiere y no puede sustituir al Hijo que se
sacrifica por Ella.
-
- En
el silencio del gozo inmenso de la Resurrección
que Ella vive como el Sí a Dios a la entrega de
Jesús y a su misma entrega.
- Así
se me muestra María, como mujer del silencio,
cuyas palabras, por otro lado, aparecen
como reflejo de su escucha y acogida de la
PALABRA. María aprende de Dios a hacer brotar sus
palabras del silencio:
-
- “¿Cómo
será esto puesto que no conozco varón?” (Lc.1,34b)
¿Cómo puede ser que suceda algo que parece ir en
contra de lo que Dios me pide que es SER TODA PARA
ÉL?... Es
la palabra que afirma la pertenencia a Dios.
- “He
aquí la esclava del Señor” (Lc.
1,38) Es la palabra de la aceptación del querer
de Dios.
- “Engrandece
mi alma al Señor” (Lc.
1,46) Es la `palabra de la gratuidad, de la
dependencia de Dios y también de la proclamación
del Evangelio de Jesús que Ella ya encarna.
-
- “Hijo,
¿por qué nos has hecho esto?”
(Lc. 2,48) Es la palabra de la libertad, la verdad
y la humildad,. Fruto de su preocupación de madre
que vela sobre el Hijo que le es confiado.
- “Haced
lo que El os diga”
(Jn. 2,5) Es la palabra donde proclama que las
situaciones de la vida adquieren su verdadero
sentido cuando uno se entrega a la Voluntad de
dios; por esta entrega el agua de una
cotidianeidad simple e insignificante se
transforma en vino nupcial.
-
- En
la Encarnación, la palabra que estaba en el Padre
desde el principio, “sale” del seno de dios,
comunión, diálogo... para entrar en el diálogo
con los hombres, con el mundo, y lo hace
recorriendo el sendero del silencio, entrando en
el silencio de una existencia de siervo obediente
hasta la muerte y muerte de cruz (Flp. 2, 6-8).
María, en el silencio, acoge al Verbo que ha
recorrido su trayectoria desde el seno del padre,
lo contempla en sus brazos en la noche de Belén,
lo ve crecer en el silencio de Nazaret... Lo
contempla cuando parece dominar, desde su silencio
interior, el tumulto que provocaba su presencia,
cuando con su mirada o con pocas palabras, con su
simple “estar” en medio de la gente, logra
apaciguar los ruidos, manifestándose como Aquél
que “no vociferará, ni alzará el tono y no hará
oír su voz en la calle”(Is. 42, 2); cuando
manda callar el mar, cuando con su silencio acalla
las voces de las multitudes, cuando se
retira a solas con el padre... y, sobre todo, en
el vivir día a día, en el silencio, su KÉNOSIS,
su abandono total al padre con la confianza del niño
que acalla todo su deseo y se deja llevar en sus
brazos a al entrega suprema; cuando no con muchas
palabras, sino con sus gestos y una presencia
transformante y consoladora, anuncia su triunfo.
-
- Así,
María, que fue conducida por Dios al aprendizaje
del silencio para acoger la Palabra, perfecciona
la vivencia del silencio al lado de Jesús. A su
lado vive el misterio de la una vida hecha
silencio y soledad, de palabra y comunicación.
-
- María,
tú que llenó tu vida del silencio que se nutre
de la Palabra, ayúdanos,
-
- A
crear espacios de silencio
-
- A
decir palabras que nazcan de un silencio aprendido
en contacto con Dios.
-
- A
servir en el silencio, ofreciendo obras de amor
que han madurado en el silencio de la kénosis.
-
- A
enseñar a nuestras jóvenes a encontrase con Dios
en el silencio.
-
- A
aconsejar a quién se nos acerca, desde la
capacidad de entrar juntos en el silencio de Dios,
para esperar allí la palabra que cura.
-
- A
organizar nuestras tareas centrando la atención
en la presencia activa de Dios en nuestra vida, en
la de nuestras jóvenes, de nuestro mundo, que se
descubre en el silencio.
-
- Ayúdanos,
María, a creer que el silencio es una cualidad
del corazón que hace crecer la caridad.
-
- Desde
estas tierras de Oriente, dónde se hace más fácil
el silencio sentido y vivido como contemplación,
paz, serenidad, abandono en Dios..., mi oración y
deseo de que el Señor nos convierta en mujeres
que ofrezcan el silencio “divino” de su corazón,
como hogar donde cualquier persona pueda encontrar
lo que necesita y el señor desea que encuentre.
- Un
abrazo para todas, con mi cariño de hermana y
recuerdo especial en la oración a las mayores,
las que sufren y las que más lo necesitan.
-
- Ma.
Eugenia Vicenti, rmi